Restaurante Ojalá, no me convence. Acabamos en Vacaciones

ojala pibertomeo

Ojalá estuviéramos ya de Vacaciones ¿verdad? Madre mía, que manera más triunfal de comenzar este post. Tenía que hacerlo, el juego de palabras era inevitable ¿no? Bueno, hoy vamos a hacer un mix. Como bien dice el título visitamos dos locales muy trendy en Madrid. He decidido juntar los dos sitios en uno, porque en esta ocasión visitamos los dos el mismo día. Comimos en Ojalá y el postre lo tomamos en Vacaciones. La decisión fue espontánea y, seamos sinceros, no muy acertada.

La idea principal era ir de brunch, pero al final se nos hizo muy tarde y decidí comer. Mi amiga Ana sí optó por el menú de brunch, pero eso lo contaré más adelante. La verdad es que el local es muy “instagramer”. Tiene “lugares para foto” en cualquier rincón, por no hablar de la planta de abajo donde está el suelo lleno de arena de playa. Es el reclamo de este restaurante, pero la idea de comer a ras de suelo y con los pies metidos en arena, no me convencía mucho. Es cuestión de gustos o de momentos, no se. Nosotras cogimos la reserva en la parte de arriba, así que pudimos disfrutar de los maceteros con luces colgantes. Y… poco más. Nos sentaron en la zona de aislamiento, como la denominé nada más entrar. Tienen una puerta de cristal de esas automáticas que se abre presionando un botón grande rojo en el lateral. La sala está acristalada. Y tiene dos grandes ventanales en la otra, que la convierten en una especie de terraza interior y, ciertamente, es muy bonito y llamativo a primera vista, pero muy agobiante. Es muy pequeño y hay demasiadas mesas. Al final te estás dando con la silla del que está sentado detrás de ti y es imposible mantener una conversación fluida sin levantar la voz. Por no hablar del calor que entraba por los ventanales. Una cosa no quita a la otra, la decoración es una maravilla, pero… ¿puede que fuera el trato de los camarer@s ese día lo que me ha influenciado con respecto a Ojalá? No me gustó nada esa sala, la verdad.

Hablo del servicio, porque creo que influye muchísimo en las sensaciones que generas cuando estás visitando un sitio nuevo. Para bien o para mal, si tienes la mala suerte de que ese día el camarer@ que le toca tu mesa, no tiene un buen día y te lo transmite, no vas a vivir la experiencia igual. Por lo menos es lo que creo que me pasó a mí. Pero vayamos a lo que de verdad importa, ¡la comida!

Como he mencionado anteriormente, la idea era probar uno de los ocho “¿brunches?” que están en la carta, pero echando un ojo a la parte de comidas y viendo que ya casi eran las 14h, opté por comer directamente. Escogí el sándwich NYC de pan de centeno con ternera asada, tomate, cebolla confitada, pepinillos y mostaza. Decepción total. Cuando lo abrí solo había la mitad de una rodaja de tomate, se habían olvidado de poner la cebolla y la ternera estaba en algunas zonas fría y en otras templada. Una lástima la verdad. Mi amiga Ana, a quien ya conocéis de La Rollerie, no le importó la hora y eligió brunch. Concretamente se decantó por el World Mix: pan de maíz, hummus, guacamole, huevo poché, ensalada de rúcula y parmesano y ensalada de frutas. Para beber tomo un zumo de naranja natural, bastante bueno, por cierto. El otro plato que pedimos fue la hamburguesa clásica. Aunque en la foto salga con patatas, no las llevaba. Las pedí yo para mi sándwich.  La hamburguesa, por lo visto, estaba buena. La carne en su punto y bastante jugosa. Puede que al final vaya a ser verdad que entré con el pie torcido al restaurante y todo me saliera mal… Bueno como ya he mencionado al comenzar, no pedimos postres. Después de estar intentando más de media hora que nos sirvieran un vaso de agua, pedimos la cuenta y nos fuimos.

Pensando en dónde podríamos culminar, tan maravillosa comida, andando por la calle Espíritu Santo nos topamos con Vacaciones. Es un local bastante llamativo e invita a entrar. Así que mirando un poco la carta y viendo que tenían las tartas expuestas con esa buena pinta entramos. La elección fue sencilla, rápida y curiosa. Solo necesitábamos café, chocolate y ¡un buen gintonic! Así que marchando un brownie con helado de vainilla, tarta de oreo y un gintonic con fresas.

Estaba todo buenísimo y el ambiente no podía haber sido mejor. Nos atendieron en seguida y eso que había gente en el local. Como entramos riéndonos hablando de la comida de Ojalá, nos dibujaron una cara sonriente en el plato del brownie. Sin duda, encantadores. Volveremos a por más chute de esa energía que desprenden, sin duda.

Conclusión: mi más sincero respeto y apoyo a todos aquellos que trabajan cara al público. Tienen que lidiar con situaciones que no siempre son cómodas o no tienen por qué apetecerles en un momento determinado. Con esto, no quiero excusarles, ya que igual que en todos los trabajos, nos pagan por tareas que no siempre nos apetece hacer. Y las llevamos a cabo con más o menos entusiasmo, dependiendo de nuestro estado de ánimo. Su problema, es que están expuestos y sus actitudes son mucho más fáciles de juzgar . Pero con esto quiero decir que también deben ser conscientes de que tienen el poder de influir sobre las decisiones de sus clientes. Y este post es un ejemplo claro de cómo una actitud puede cambiar por completo un feeling acerca de un sitio u otro.

¡Vaya pedazo de chapa final que he metido! Pero me he quedado a gusto. Ha sido una reflexión post artículo que tenía que decir. Eso sí, también añado, que si alguien va a Ojalá, ¡qué me lo cuente! A mí me gustaría volver, pero dentro de muuuuucho tiempo, que primero hay muuuuchísimos más restaurantes que quiero conocer. ¡Nos vemos en el próximo vídeo!

Por si quieres seguir leyendo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *